Aire fresco en las salas del Ivam
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Con timidez, casi ha escondidas, el Instituto Valenciano de Arte Moderno de Valencia (Ivam) ha recuperado el diseño en su programación. Y lo que es más importante, por una vez, haciendo justicia a la finalidad de su creación, ha apostado por propuestas autóctonas. Se ha fijado en los profesionales que viven puerta con puerta con Ud. Esos que viven en Godella, o que tienen su estudio junto al arco del molino en la Avda. Guadalaviar.
¡Quién nos lo iba a decir!. Tras años de gestión elitista y alejada de los artistas y profesionales de la Comunidad, una nueva corriente ha introducido aire fresco en las salas limpiando las telarañas que acumulaba este centro, señero a principios de los noventa, y olvidado en el circuito internacional como consecuencia de una deficiente gestión expositiva. Deficiente digo, por pacata, falta de riesgo y alejamiento de lo que realmente supone el arte moderno en nuestros días; la calle.
Quizá, por eso, saber que media docena de creativos valencianos tendrán presencia en las salas de uno de los centros de arte más importantes de Europa es una gran noticia. Recuperar a diseñadores gráficos, a industriales, a creadores de moda, y fundirlos con la esencia de las vanguardias es abrir una ventana a la realidad, y al público valenciano.
Una ventana que parece se contagia entre los espacios más ágiles y vivos de nuestra ciudad; el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM) o la renacida Sala Parpalló. Por una vez, hablamos de diseñadores vivos. En activo. Recuperamos el arte de la calle, del día a día. ¿O acaso hay algo más contemporáneo?, o mejor, coetáneo, cercano y tangible.
La propuesta del Ivam, aunque arriesgada para los gestores culturales de los museos, anclados en el siglo XIX, no es más que una transfusión de sangre. No nos engañemos. Será el tiempo, como siempre, el que nos confirme si la apuesta de la Institución que dirige Consuelo Ciscar es un oasis, o un espejismo.
Quiero pensar que la sed de diseño en Valencia no nos hace ver gigantes, donde sólo hay molinos de viento. Y que, a los escarceos de los últimos años –portadas de jazz o poetas de la luz-, les acompañará pronto una sólida línea de investigación sobre el diseño contemporáneo; a ser posible, nuestro diseño contemporáneo.
Sólo un pero. Siempre lo hay. Esperemos que esta apertura del centro al diseño sea diáfana. Y no se trate, otra vez, de un Guadiana aparecido para pagar favores a antiguos amigos, y sí de una pica en Flandes. Lo digo, porque los nombres que suenan, aún con indudables méritos, son demasiado evidentes. Facilones. E incluso el mejor plato, todos los días, también cansa.
Por: Ana Yago. Diseñadora.