En apenas mes y medio, doce mujeres han sido asesinadas por su pareja, compañero, cónyuge, marido o como quiera que eufemísticamente llamemos al ejecutor. Mientras los enamorados de media España recorríamos tiendas en busca de un regalo o cenábamos en un restaurante, dos mujeres pierden la vida en Arganda del Rey (Madrid) y Adeje (Santa Cruz de Tenerife.)
Lo que no deja de rondarme la cabeza es que ambas compartieron detalles en su final. Las dos tenían poco más e 40 años. El lugar del crimen fue su domicilio. Y el método de asesinato el arma blanca. Los asesinos también coincidían en la edad, ambos cincuentones y cobardes. Uno incluso se suicidó después de asesinar también a sus hijos de 4 y 7 años.
La diferencia, si es que se puede llamar así, es que unos eran cónyuges y los otros convivían. Hasta aquí, el perfil representa a un porcentaje excesivamente elevado de la población española, independientemente de la nacionalidad, el color, la renta y las zarandajas que quieran incluir. La fría estadística. La ficha impersonal que recoge el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia en su apartado de femicidios, no deja lugar a dudas. Eran dos parejas comunes. Eso que podemos llamar normales. Del montón. De las que pasan desapercibidas.
Es como si alguien hubiera lanzado la moneda del destino y hubiera caído por el lado malo. El que no escogimos. Pero la verdad es que ese destino se elige en un número importante de los casos. Son ellas y ellos los que, inconscientes en algunos casos, y dependientes del otro en la mayoría carecen de apoyo suficiente para salir de un circulo vicioso que día a día se hace más impredecible y trágico.
Se han dado muchos pasos para que la Administración, los profesionales de la Justicia y los recursos asistenciales estén preparados, o lo intenten, para atender a aquellas –y también aquellos- que quieran dar un paso al frente para salir de esa situación.
Pero nada de esto tendrá el peso suficiente para cambiar la dinámica actual; relación tormentosa, sumisión, malos tratos físicos y/o psicológicos y, desgraciadamente, asesinato. Nada. Hasta que la sociedad en general tome conciencia de su papel. No se trata de entrometerse en la vida de los demás, sino de ser consciente de los límites sociales del respeto y la ética.
Cada uno de nosotros lleva sobre los hombros el peso de uno de esos crímenes consciente o inconscientemente. Todos hemos olvidado con facilidad una discusión, hemos mirado a otra parte cuando las palabras pasan del tono moderado o hemos esquivado con premeditación un encuestador que reclama firmas de ayuda para detener esta masacre. Todos. Incluso los mas concienciados. Hace falta educación.
Hace falta sensibilización. Hace falta que tomemos una posición activa frente a problemas como la violencia doméstica. Y hace falta que se haga ya, porque el camino de la reeducación social es largo y requiere mucho tiempo para que anide en todas las capas sociales, desde las más desfavorecidas a las más solventes. En todas hay casos.
El problema es que, si todavía renunciamos a protestar por un mal servicio en un restaurante, cómo vamos a protestar por algo que le pasa a otros. Especialmente si estamos disfrutando del día de San Valentín. Cuenta la historia que fue sacrificado por casar a parejas aún cuando el emperador lo había prohibido. No se pide tanto al ciudadano. Sólo que esté atento.
Por: José A. Giménez · Comunicólogo

